La mirada de la orangutana

Una cuidadora del Zoo de Virginia, enseña a una orangutana a amamantar a su bebé.

Virginia-Rodriguez-Martini
Virginia Rodríguez Martini
Orangutana con su cría
Una orangutana y su cría (pexels-ibrahim-albrdawil)
Hace unas semanas, vi en las noticias, que una cuidadora del Zoo de Virginia, enseñaba a una orangutana a amamantar a su bebé. El animal, en cautiverio, no había podido alimentar a su primogénito. Esta vez los veterinarios entendieron, que al no haber visto a sus pares, como ocurriría en el medio natural, simplemente, debía aprender. En el video se ve a la trabajadora, sentada en posición de loto, dando la teta a una nena de cuatro meses. La orangutana mira al cachorro humano con ojos serenos, mientras sostiene su propia cría sobre el regazo, detrás de la reja cuadriculada de la jaula.

Los bebés nacen sabiendo succionar. Lo vi en cuanto te pusieron encima de mí, atravesando el torso desde el hombro, entre los tubos, las vías y la tela verde del quirófano. Naciste fuerte, con tus casi cuatro kilos y los ojos bien atentos. Enseguida el olfato te llevó al pezón alimento, no dudaste ni ese único minuto, que llevabas de este lado del mundo. Piel con piel, cesárea, apego, temperatura, oxitocina.

Nos quedamos unos cuantos días en el Hospital. Intentaba amamantar primero en la cama, haciendo cuna entre el lateral de mi cuerpo y el brazo. No podía estar de lado, ni ponerte encima. La anestesia me iba dejando por una sonda y el cuerpo empezaba a conocer el puerperio inmediato. Al segundo día pude sentarme, entonces daba la teta en el sillón. Las enfermeras iban pasando para corregir el asana: hombros relajados, ombligo con ombligo, agarre bien abierto, respira. Conocí la segunda parte del postulado: los bebés nacen sabiendo succionar, las madres no nacemos sabiendo amamantar.

Si bien existe una aptitud biológica, digamos preconcedida, la lactancia es un aprendizaje social, que en algún tiempo no tan lejano, se transmitía de madres, abuelas y tías, a las nuevas mamás de la comunidad. En algún momento, ese saber quedó preso del cautiverio doméstico, de los baños públicos y las novedosas salas de lactancia de los shoppings. Las mujeres aliviadas por la practicidad de la leche de fórmula, por poder salir ahí fuera con el pecho vestido y las manos dispuestas al trabajo remunerado. Calostro, frenillo, agarre, postura, succión afectiva.

Madre amamanta a su bebé
Una mamá dá el pecho a su bebé (pexels-helena-jankovičová-kováčová)
La ginecóloga no sabía cuántos puntos me había dado. En la cesárea eran muchas capas. Sutura horizontal, vertical y para acabar, grapas. Me explicó que los espasmos se llamaban entuertos, y que estaban producidos por las hormonas segregadas durante la lactancia. “Es un mecanismo natural para sanar después del parto, y ocurre en mayor medida por la noche, que es cuando el cuerpo está en reposo”, me dijo. Lactancia sanadora. Prolactina, contracción uterina, sutura, subida de la leche, meconio.

El jueves nos dieron el alta. Vos seguías prendido a la teta, pero habías bajado de peso. Es normal. Diez por ciento es mucho. Está bien. Tiene hambre. Hay que pesarlo cada dos días. Hay que suplementar. Toma a demanda. Que duerma. Despertalo cada tres horas. “Va a estar bien, pero tiene que arrancar”, me dijo la pediatra. Como un mini fórmula uno que entra en boxes, tenías que arrancar. 

“Hijo, te estoy engordando como a los pollos de la tía Lole”, pensé. 

Dedo jeringa, tetina compatible con lactancia, sacaleches, lactancia materna exclusiva, mixta.

Los miércoles íbamos al taller de lactancia a recuperar el saber que nos había negado el mundo de las tetas pixeladas y ritmo urbanita. Llegábamos preguntándonos si lo hacíamos bien, si teníamos suficiente leche, si era suficientemente nutritiva, si eran suficientes las tomas. Suficientes.

No debía doler, la meta era disfrutar de la lactancia. Las caras cansadas mostraban más inquietud que disfrute. La coordinadora colocaba la balanza en una esquina de la sala. Íbamos pasando de a una, cada quien con su ejemplar, para controlar el peso. A continuación, mirada expectante, sonrisa optimista, y por fin, la sentencia final. De vuelta al círculo, seguimos, semana a semana, vos y yo en la teta, entre el resto de mamás y crías, mirándonos unos a otros, como la orangutana y su cuidadora, en la jaula del zoo.

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